Poco se habla de racismo en las congregaciones cristianas, y existe un racismo normalizado dentro de las iglesias e congregación.

Poco se habla de racismo en las congregaciones cristianas, y existe un racismo normalizado dentro de las iglesias e congregación.

Les cuento algo que me sucedió con todo el tema de mi demanda por racismo. En el 2013 antes de que sucediera todo esto, yo me congregaba en una Iglesia cristiana aquí en Bogotá y sucedió que cuando salió a la luz pública lo que me sucedió por distintos medios de comunicación a nivel nacional e internacional, inmediatamente sentí que la mayoría de la gente que me rodeaba en la iglesia, la cual es blanca mestiza, se incomodó por mi reacción antirracista, quizás porque muchas veces de manera consciente e inconsciente se burlaban de mí por ser afrocolombiano. 

Todo parece ser perfecto, a pesar de que allí nos resaltaban el amor de Dios, que todos somos iguales ante sus ojos, lo cierto es que, de una u otra manera, me hacían sentir diferente, se referían a nosotros los negros, afrocolombianos como "el de color", "el negrito",” era tan negro que era azul de lo negro”, “llegamos de noche, y no vivos que eran negros, si no al día siguiente”, toda clase de mofas racistas, e incluso se burlaban de mí. En muchas oportunidades utilizan términos despectivos que están normalizados y que son racistas y cuando intenté hacer la corrección de ello, siempre sucedía algo muy lamentable, me decían que soy un resentido, un acomplejado evadiendo la corrección. Para referirse a que algo es malo, muchas veces se utilizaban términos como; “una mano negra”, reforzando estereotipos en un país racista como Colombia. Esta incomodidad la he sentido en repetidas ocasiones. Recuerdo que, estando en la iglesia un domingo en la mañana, un hermano de la iglesia de  apellido Bello, me ofreció su “amistad”. Y todo iba muy bien, hasta que un día me invitó a tomar algo a las afueras de la iglesia. Al llegar al lugar, me preguntó: ¿qué quieres tomar? Yo respondí: una Coca-Cola. Él, en presencia de más de 30 personas que estaban allí, me dijo: ¿por qué no pides un vaso de leche para que se blanquee? Todo el mundo se reía de mí.  Cuando lo confronté, éste, en lugar de admitir que su actitud era la de un racista, y que afectaba mi dignidad humana, prefirió no volver a dirigirme la palabra. Pues según él, es un súper espiritual y yo un carnal. Y así, continué viviendo el racismo, al interior de una comunidad en la que uno supondría no encontrarlo, pero allí el racismo se vive en la cotidianidad, está totalmente normalizado, mientras que, por otro lado, lo niegan.

Muchas veces, las personas blancas/mestizas se escudan en (pasajes) la biblia para justificar su racismo y su privilegio. Se creen con el derecho de seguir extendiendo el racismo. Solo porque han asumido una postura religiosa, según ellos, pero le hacen un daño enorme a la comunidad afrocolombiana. Esto se ve reflejado en la forma cómo nos miran al llegar a la congregación de blancos/mestizos, el trato que nos dan, por el simple hecho de ser negro, nos hacen sentir que valemos menos que ellos, a no ser que cantes mejor que los demás, incluyendo la orquesta, o tengas un don que te haga sobresalir entre los demás. Pero al final siempre nos ven como los “negritos”, “morenitos”, los “de “color”. Será muy difícil encontrar una iglesia cristiana en Bogotá sin trasfondos racistas? 

Lo que narra Pamela Chandler y su esposo un hombre afro, deja al descubierto que el racismo esta en todos lados, que el supuesto cristianismo no es antirracista y normaliza el racismo desde lo cotidiano. Desde hace mucho tiempo he sido testigo de esta situación y no podía callar más, ver por donde he pasado y solo he recibido, reproches, señalamiento de muchos.    

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